Un cuento de Navidad

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Por Natalie Anne Volpe
¿Qué evocamos cuando pensamos en la Navidad?
Quizás regalos, pinos, luces, muérdagos, buena comida, el nacimiento del niño Jesús, el año nuevo, el fin de lo viejo y probablemente, en el caso de muchos, Un cuento de Navidad.
Desde que Charles Dickens publicó la novela en 1834, han aparecido innumerables versiones y adaptaciones de la conocida historia del malhumorado y mezquino Scrooge. Para muchos el cuento se ha convertido en un hito de la Navidad.
Sin embargo, aunque la mayoría estamos familiarizados con la dureza del corazón, la tacañería y la avaricia del protagonista, Ebenezer Scrooge, ¿con qué frecuencia aplicamos a nuestra propia vida las moralejas de ese cuento?
La trama describe a un hombre carcomido por la avaricia y su dramático cambio positivo. Antes de su transformación, Scrooge era las antípodas de todas las buenas cualidades que representa la Navidad: el amor, la caridad, la buena voluntad, el altruismo, la sensibilidad con los que nos rodean.
Si bien el personaje de Dickens constituye un exponente bastante extremo de la tacañería, es quizás también una metáfora de la avaricia que todos abrigamos dentro.
Hay un poco de egoísmo en todos nosotros ¿no es así? Objetivos de los cuales nos hemos apartado un poco, nobles ideales olvidados… ¿Pasamos junto a otras personas sin dirigirles siquiera una palabra o una mirada amable? ¿Estamos tan ensimismados que ni nos damos cuenta?
No tenemos porque esperar a alcanzar tal extremo de egoísmo como Scrooge para decidirnos a cambiar. ¿No sería estupendo que en cada Navidad examináramos con franqueza nuestra propia vida, lo que no hemos hecho en el pasado, lo que hacemos actualmente y nuestras metas de cara al futuro, y reflexionáramos sobre lo que ha cobrado más importancia para nosotros?
En un acto supremo de amor y generosidad, Dios envió a la Tierra a Jesús para que nos enseñara como es Su amor y por último comparara con Su muerte nuestra salvación eterna.
En Navidad celebramos la entrega de ese inefable regalo. Aunque no podemos a aspirar a devolverle lo que El hizo por nosotros, Jesús dice que todo lo que hagamos por uno de Sus hermanos más pequeños, por El lo hacemos. (Mateo 25:40). En definitiva, toda palabra amable y todo acto amoroso que ayude a una persona, aunque no sea lo más lógico ni lo más conveniente para nosotros, termina por beneficiarnos, muchas veces de maneras insospechadas.
Si tomamos a Jesús como modelo de conducta, podemos aspirar a reflejar algunas cualidades que redundarán en nuestra felicidad y nos convertirán en instrumentos de bien para quienes nos rodean y en mejores personas en general.
Hagámonos el propósito de reflexionar un poco y revaluar nuestra vida y nuestros valores para reconocer qué es lo que ha impulsado todas nuestras acciones; y no solamente en Navidad. Gocemos de cada instante y aprovechemos al máximo cada oportunidad que se nos presente de ayudar a otro ser humano, pues al fin y al cabo, eso es lo único que importará.

Natalie Anne Volpe (1991-2011) pasó gran parte de su corta vida en Africa, donde sus padres dirigen diversas obras humanitarias en las que ella colaboró desde temprana edad. Este artículo escrito en el 2006, lo enviaron sus padres Gino y Clotilde, quienes continúan su trabajo en la República Democrática del congo. Más información sobre su labor en www.familycare.org/network/espoir-congo.